Marina contaba con treinta y cinco años, aunque daba la impresión de que
los años no pasaban por ella. Se conservaba espléndidamente. Era una mujer
elegante y coqueta, siempre bien maquillada, que le gustaba ir a la última.
Además era guapa, de ojos azul turquesa, piel blanquecina y delicada, y con la
melena larga, rubia con las puntas onduladas. Se cuidaba bien, por ese motivo
su físico imponía, delgada de vientre plano, aunque a ella no le agradaban sus
pechos, excesivamente voluminosos aunque bastante erguidos para ser tan
grandes, y también su cola, últimamente la notaba más ancha y con las nalgas
bien redondas.
Pero procuraba hacer bastante ejercicio para cuidarse y mantenerse
atractiva y eso la hacía ir al Gimnasio todos los días dejando una dureza y una
firmeza increíble en esas redondas nalgas. Vivía feliz junto a su marido en una
lujosa Casa a las afueras de la ciudad. Su Marido Se llamaba Mariano. Era juez,
ocupaba un alto cargo en los juzgados, un hombre discreto y de una gran
reputación en la sociedad. Era un hombre sencillo y tímido, veinticinco años
mayor que su esposa, ya había superado los setenta y los achaques propios de la
edad comenzaban a pasarle factura. Se había quedado medio calvo salvó por
algunas hileras de cabello canoso alrededor de la coronilla, destacaban su
papada y su pronunciada panza, aunque el trabajo le daba vitalidad y se
resistía a jubilarse.
No habían tenido hijos, pero se amaban, vivían felizmente, ella como una
adinerada caprichosa mientras su marido metía un motón de cuartos en la cuenta
corriente. El nivel de vida era alto. Buenos coches, buena casa, todo eran
lujos y derroche. Su lujosa vida iba a verse alterada a principios de verano
con la llegada de su sobrino Emilio, el hijo de su hermana Laura. Iba a pasar
el verano con ellos para prepararse unas oposiciones. Emilio era joven, veinte
años, un joven alegre y dicharachero con el que Marina se llevaba
estupendamente porque era el único sobrino y se había ocupado de él en multitud
de ocasiones.
Llevaban tres años sin apenas verse, salvo cuando se telefoneaban en los
cumpleaños o para felicitarse las fiestas. Siempre existió una profunda
confianza entre los dos, incluso cuando Emilio discutía con sus padres siempre
la telefoneaba a ella, más que como a su tía, como a su amiga. Era alto y
corpulento, aunque algo rellenito, últimamente se le distinguía una barriga
cervecera que le afeaba el físico, con piernas robustas y con la cabeza siempre
rapada, aparte de que era un chico muy velludo y de tez muy blanca. Llegó un
domingo por la tarde. Fue un recibimiento muy cordial por parte de sus tíos.
Emilio y Marina se dieron un cálido abrazo después de tanto tiempo sin verse.
El matrimonio era muy hospitalario y le ofrecieron todo lo que necesitase,
incluso le habilitaron uno de los cuartos más grandes con mesa de estudio para
que pudiera estudiar con más comodidad. Cenaron en la terraza, una amplia
terraza de césped con piscina, con todo lujo de detalles, y estuvieron
charlando hasta casi las doce y media de la noche. Mariano se fue a la cama
antes que ellos, al día siguiente era lunes y debía madrugar.
Tía y sobrino se quedaron un rato más tomando una copa, recordando viejas
vivencias y lo mucho que se habían echado de menos. Para Marina su sobrino
Emilio era especial, era como el hijo que no había tenido y por eso le otorgaba
confianza. Para Emilio, aparte de su tía carnal, Marina representaba un deseo
sexual. Desde pequeño se había estado masturbando pensando en su tía. Recordaba
cuando tenía catorce o quince años y ella aún estaba soltera y se acostaba en
la cama de al lado y se pasaba toda la noche despierto observándola en Tanga.
Recordaba haberla espiado en la ducha, mientras orinaba sentada en la taza,
mientras se cambiaba, haber olido sus Tangas y haberse masturbado con ellas, su
tía lo volvía loco. Y seguía igual de apetecible. Estaba madurita, cuando se
giraba para echar la copa se fijaba en su cola, Redonda y firme, sus pechos
tras la camiseta, enormes y blandos, meneándose tras la tela. Hubiese dado
dinero por echarle un polvo.
Para agudizar la confianza, él a veces le atizaba una palmadita en las
piernas por encima de los vaqueros, o le pellizcaba cariñosamente la cara o le
estampaba un besito en las mejillas. Y ella, ingenuamente, se dejaba querer.
Tras varios bostezos seguidos, ella dijo que estaba cansada y que se iba a la
cama. Emilio la siguió con la mirada, sobre todo en la manera de contonear
aquel inmenso culo. Un rato más tarde, fue al lavadero y rebuscó entre la ropa
sucia. Se masturbó allí mismo con una Tanga de su tía. Emilio apenas durmió
pensando en ella, estuvo tocándose la verga durante toda la noche. A las siete
en punto oyó a su tío levantarse y una hora más tarde la puerta de la calle.
Estaba a solas con su tía, las fantasías sexuales le abordaban la mente. Sobre
las nueve decidió levantarse y a conciencia salió en slip al pasillo, un slip
negro elástico, con una camisa desabrochada por encima. Iba a arriesgarse, a
intentar provocarla, aunque su tía siempre había sido demasiado inocente.
Miró hacia la última puerta del pasillo y vio bajo la puerta luz encendida.
Y caminó decidido. Agarró el pomo, respiró hondo y empujó la puerta. Encontró a
su tía de espaldas, descorriendo las cortinas para que entrara la luz de la
mañana. Tuvo una suerte bárbara. Una visión que no olvidaría, que supondrían
unas cuantas pajas. Su tía estaba en camisón y de qué manera. Era un camisón de
gasa, color blanco muy corto de finos tirantes, a medio muslo, con volantes en
la base, de muselina totalmente transparente, pudo contemplar con nitidez su
espalda y su enorme culo de nalgas blancas y Redondas y firmes con la tira de
una tanga metida por la raja. Para acentuar su sensualidad, llevaba unas medias
blancas a juego con unas anchas ligas de encaje.
Enseguida su tía se giró hacia él y entonces pudo apreciar las copas
transparentes del camisón, bajo la cuáles se advertía los enormes pechos de
gruesos pezones erguidos. Las dos tetazas chocaron una contra la otra en un
leve movimiento tras el giro. Vio su ombligo en medio del vientre plano y la
tanga de tul donde se adivinaba la mancha oscura y triangular de la vagina, de
finas tiras laterales. Se quedó perplejo. –Buenos días, tía. La saludó
acercándose a ella para besarla. Algo abochornada de que la hubiera pillado de
semejante manera, se inclinó para besarle en la mejilla. Emilio pudo fijarse
cómo sus tetas se balanceaban tras la gasa. Inmediatamente después, con las
mejillas sonrosadas, ella cruzó los brazos al menos para taparse los pechos.
También se fijó en el slip negro, con el enorme bulto y el relieve del pene
hacia un lado, así como en el pecho robusto y la barriga peluda de su sobrino.
No sabía qué posición adoptar y cómo actuar ante aquella escena embarazosa.
Dudó si buscar una bata, pero quiso mantener la confianza que tenía en él. –¿Has
dormido bien? Preguntó ella. –Perfectamente. No le quitaba la vista de encima.
–Estás muy guapa…
–Gracias.
–No pasan los años por ti. Y muy sexy, por cierto… Ella sonrió
como una tonta.
–Iba a cambiarme ahora.
–Debe de ser muy cómodo ese camisón. Ella se miró para disimular.
–Sí, bueno, es muy fresquito.
Con los brazos cruzados caminó hacia el armario y Emilio pudo disfrutar de
la curvatura de su cola.
–No has desayunado, ¿No? –Que va,
¿vienes?
–Sí, sí…
Al descolgar la Bata, fruto de la tensión, se le cayó al suelo del armario
y no tuvo más remedio que inclinarse para cogerlo, exhibiendo ante su sobrino
un primer plano de su cola. Emilio pudo ver la tira de la tanga insertada en
medio de la raja. Colorada, se puso la Bata y se giró hacia él ya perfectamente
tapada.
–¿Vamos?
Emilio no quiso exprimir la confianza para no agobiarla, prefería ir
despacio.
–Espérame abajo, voy a ponerme algo.
Marina pasó un mal rato, pero lo pensó bien y procuró tranquilizarse.
Seguro que su sobrino la veía como a una segunda madre, que todo se trataba de
un gesto de confianza entre ambos. De hecho durante el desayuno todo fue muy
natural, comprendió que Emilio siempre fue un chico muy cariñoso, que siempre
la besaba y la tocaba, que ella había andado medio desnuda delante de él, sólo
que ahora tenía veinte años. Tras el desayuno, Emilio dijo que pasaría todo el
día fuera porque iría a visitar viejos amigos. En cuanto se fue, Marina
telefoneó a su amiga Rosa, la esposa de un importante diplomático, una mujer
lanzada y marchosa que su marido, dado sus continuos viajes, había sumido en
una vida aburrida y tediosa.
–Qué apuros he pasado, Rosa. Sé que es normal, es mi sobrino, y tenemos
mucha confianza, pero me miraba de una forma…
–Lógico, tiene veinte años. Es joven y guapo, igual que nuestros maridos.
Tampoco pasa nada porque le gustes a un chico joven.
–Es mi sobrino, Rosa.
–El que sea tu sobrino no quiere decir que no te hagas un favor. Y si no
déjamelo a mí, que yo lo hago un hombre.
–¿Cómo eres tan zorra?
Oyó a Rosa reír a carcajadas.
–Estás muy salida, amiga… Como algún día se entere tu marido…
–Ese maricón tiene la cabeza en otros asuntos.
Le replicó su amiga. Sabía que Rosa le había puesto los cuernos a su marido
varias veces, que se había tirado algunos hombres cuando su esposo se tiraba
quince días de viaje, que era muy lanzada y lujuriosa cuando bebía, sin embargo
ella siempre había sido fiel a Mariano, lo amaba y lo quería, era una gran
persona como para hacerle daño. Emilio llegó tarde a casa, cerca de la una de
la madrugada. Sus tíos estaban acostados.
Había estado de putas con su amigo Santi y se había hartado de Coger.
Además le había hablado a su amigo de las ganas que le tenía a su tía y revivió
la escena en el dormitorio, cuando la había pillado en camisón. Se quitó los
zapatos y subió a la planta superior. Al final del pasillo vio luz encendida
bajo la puerta del dormitorio de sus tíos. Se acercó despacio y pegó la oreja a
la puerta, aunque apenas se oía nada. De pronto, creyó oír un gemido suave de
su tío Mariano. Quizás estaban echando un polvo.
Entró en su habitación, salió al balcón y saltó por encima de la barandilla
hacia el balcón contiguo y después al siguiente, justo el que daba a la
habitación de sus tíos. Las cortinas permanecían corridas, pero por fortuna
había un hueco entre ambas por donde espiarles. La luz del interior estaba
encendida. Iba a arriesgarse mucho, pero merecía la pena ver a su tía en acción
con aquel vejestorio.
Activó la cámara del móvil para grabar, se acuclilló y sigilosamente se
asomó con el teléfono en la mano. La escena que contempló resultaba fascinante.
Estaban en la cama. Su tío Mariano, desnudo completamente, permanecía a cuatro
patas en mitad del colchón. Un flácido y diminuto pene le colgaba hacia abajo.
Su tía Marina llevaba el mismo camisón blanco de gasa, sólo que no llevaba tanga
y al verla de espaldas se apreciaba a la perfección la raja en mitad de las
nalgas. Permanecía arrodillada tras él sobando con las palmas abiertas el culo
del viejo.
Le manoseaba por todas partes, a veces introducía la mano entre las piernas
y le sobaba los pequeños huevos y el pene. Vio que con las manos abría la raja
de aquel culo raquítico descubriendo un ano arrugado y cerrado cubierto por
vello canoso. Para sorpresa de Emilio, se inclino hacia él hundiendo la cara en
la raja y se puso a chuparle el culo a base de suaves lengüetazos.
Las tetas le colgaba hacia abajo y su cola se movía despacio al son de los
movimientos de la cabeza. La mano derecha la llevó bajo la barriga de su
marido, le agarró el pequeño pene y comenzó a zarandeárselo sin dejar de
ensalivarle el ano. Emilio ya se estaba masturbando con el móvil en la mano
viendo cómo su tía le chupaba el culo a su marido.
El viejo a veces emitía algún gemido. Ella se afanaba en lamerle con
fuerza, a veces bajaba más la cabeza y refregaba la lengua por los huevos.
Cuando apartaba la cabeza, Emilio podía ver la saliva alrededor de sus labios.
Estuvo chupándole el culo bastante minutos, hasta que consiguió ponerle el pene
erecto. En ese momento, el viejo se irguió y quedó de rodillas encima de la
cama.
Ella, tras él, hizo lo mismo, abrazada a su marido con las tetas aplastadas
contra la espalda, sacudiéndosela con la mano derecha mientras que con la
derecha le acariciaba la barriga y el pecho. El viejo sudaba y acezaba
trabajosamente. Ella le sacudía deprisa sin despegarse de él mientras le besaba
por la espalda. En menos de un minuto, la pequeña pija dispersó algunas gotas
de semen por las sábanas. Marina lo soltó y enseguida el viejo se dejó caer
sobre el colchón, boca abajo, tremendamente fatigado por la eyaculación.
Emilio ya había Acabado también dejando caer su semen sobre unas plantas
que adornaban el balcón, pero continuó grabando. Su tía observó a su marido
unos segundos mientras se hacía una cola en el pelo. Bajó de la cama y se
dirigió a la cómoda en busca de un cigarrillo. Al darse la vuelta, Emilio
contempló la mancha de la concha tras la gasa del camisón y las enormes y
Redondas tetas.
El viejo continuaba intentando recuperar el aliento mientras su esposa le
observa de pie junto a la cama, disfrutando de las caladas, como insatisfecha.
Emilio decidió retirarse. Pasó el video a su portátil y las siguientes dos
horas se las pasó reproduciendo las imágenes de su tía una y otra vez. Se
masturbó un par de veces más. Luego se echó en la cama y se quedó dormido.
Se despertó pasadas las nueve. Ya era martes y aún no se había organizado
para estudiar. Su tía y la morbosidad le tenían demasiado obsesionado como para
concentrarse. Decidió probar suerte. Salió al pasillo en slip, había elegido
unos negros muy ajustados, y se cubrió con una Bata que dejó desabrochada. Se
asomó a la habitación de su tía, pero estaba vacía.
Entonces se dirigió hacia las escaleras. Marina se encontraba en la cocina lavando
los platos. Para evitar sobresaltos como el del día anterior, se había vestido
con un Jeans y una camiseta blanca. Miró por encima del hombro cuando oyó los
pasos y le vio bajar las escaleras con la Bata abierta. El bulto del slip
temblaba en cada escalón, al igual que su barriga y sus pectorales.
Miró al frente de nuevo, nerviosa por la excesiva confianza que se tomaba
su sobrino. De haber estado Mariano, seguro que le hubiese llamado la atención.
Pero le daba vergüenza recriminarle que anduviera de aquella manera por la
casa. Advirtió su presencia en la cocina y un segundo más tarde notó una
palmada en todo el culo, en el centro, por encima del pantalón. Ella se
contrajo asustada girándose hacia él justo cuando se abalanzaba sobre ella para
abrazarla cariñosamente.
–¿Cómo está mi tía favorita? Marina notó los pechos apretujados contra
aquellos pectorales, aunque le correspondió el abrazo con una sonrisa.
–Buenos días.
–Buenos días.
Su sobrino le estampó un beso fuerte en la mejilla y le pasó la mano por el
cabello
–¿Quieres un café?
–Vale.
Emilio se apartó un poco mientras ella se giraba hacia la encimera para
servirle un café. Estaba a sólo unos centímetros, podía oler su fragancia
masculina, y de pasada se había vuelto a fijar en el bulto del slip. Nerviosa
por la incómoda situación, le entregó la taza y se volvió hacia él, como
queriendo demostrar naturalidad, que no pasaba nada por estar medio desnudo
delante de ella.
Mantuvo la mirada alzada hacia su cara, aunque por dentro su cabeza le
empujaba a mirar hacia el bulto. Su sobrino dio un sorbo al café y alzó el
brazo acariciándole la cara bajo la barbilla, como si fuera una niña buena.
–Qué guapa eres, tía, ayer estabas tan sexy…
–Anda, no seas tonto. ¿Cuándo te vas a poner a estudiar? No deberías perder
más tiempo. Los días pasan volando.
–Hoy me organizaré.
Para evitar más insinuaciones violentas, se apartó de él en dirección a
lavadero.
–Bueno, Emilio, voy a colgar la ropa. Ponte a estudiar, no seas tonto…
Dijo ella y se metió en el lavadero aliviada de haberse librado. Le acababa
de tocar el culo, se acababa de insinuar presentándose medio desnudo y
diciéndole lo sexy que estaba y ella ni siquiera le había reprendido. Unos
minutos más tarde le oyó salir de la cocina y dirigirse hacia la segunda planta.
Un rato más tarde, Marina terminó de hacer unas tareas domésticas. Estaba
nerviosa y furiosa por la comprometida actitud de su sobrino hacia ella. Le
había perdido el respeto, se había sobrepasado y no podía permitirlo.
Era joven, y los jóvenes estaban muy salidos, pero ella era su tía, la
hermana de su madre, ya no era un niño como para tomarse ciertas confianzas.
Decidió zanjar el asunto. Se envalentonó y comenzó a subir despacio las
escaleras, cada vez más nerviosa, pero debía poner punto final a aquellos
flirteos. Cuando llegó al pasillo todo estaba muy oscuro. Vio que la puerta del
dormitorio estaba entreabierta. Muy despacio caminó pegada de espaldas a la
pared y se inclinó ligeramente para asomarse. La visión la dejó aterrada. En el
portátil del escritorio se reproducía la escena donde ella la noche anterior le
chupaba el culo a Mariano.
El muy cabrón les había grabado con el móvil. Vio trozos de papel higiénico
por el suelo y una Tanga suya encima de la mesa, señal de que había estado
masturbándose con la escena. Se inclinó un poco más y le vio en el balcón
fumándose un cigarro. Estaba de espaldas, desnudo completamente. Se fijó en su
espalda robusta salpicada de vello y fue bajando hasta su cola, de nalgas
abombadas y peludas con una raja cubierta de un bello denso. Al estar apoyado
contra la barandilla y curvado ligeramente hacia delante, los huevos le
colgaban entre las piernas, unos huevos grandes y ásperos e igual de peludos
que el resto de su cuerpo. Nada que ver con el cuerpo raquítico de su esposo y
sus dotes masculinas. Le estuvo observando hasta que vio cómo tiraba el
cigarrillo y se erguía.
Al girarse pudo admirar su enorme pija, tremendamente ancha y larga, con un
glande voluminoso y blanquecino. La tenía flácida hacia abajo y de la punta le colgaba
un hilo de babilla. Cuadriplicaba en tamaño la de su marido, del tamaño del
dedo meñique. Asustada, retrocedió muy despacio y regresó a la segunda planta
para tratar de analizar la situación. Estaba en una encrucijada. La había
grabado en video. No sabía qué hacer, si hablar con él, si contárselo a su
marido o a su hermana, los nervios la apabullaban. Angustiada, telefoneó a su
amiga Rosa para contarle lo que había descubierto.
–Qué sinvergüenza tu sobrino, ¿No? ¿Qué vas a hacer?
–No lo sé, Rosa, no sé qué hacer, se ha pasado de la raya.
–Bueno, tranquila, no pasa nada, es joven y están todo el día pensando en
esas cosas. Mi hijo Antonio tiene su edad y también le he descubierto revistas
pornográficas.
–Está abusando de mi confianza, esta mañana me ha tocado el culo.
–¡Qué fogoso y caradura! ¿Y le has visto desnudo?
–No empieces, Rosa, No Estoy Para Bromas…
–Cálmate, chiquilla, no pasa nada. Qué malo es que le hayas visto. Mira tu
marido… Bueno, no voy a torturarte. Habla con él y ya está…
Mariano llegó para el almuerzo. Emilio bajó arreglado, como dispuesto a
salir. Comieron juntos en la terraza y después Mariano se echó a la siesta,
mientras que Emilio abandonó la casa bajo la excusa de que debía comprar
material para los estudios.
Marina se pasó toda la tarde deambulando sin saber qué hacer, dudaba si
hablar con Mariano o tratarlo con su sobrino antes que nada. Pero su cabeza
estaba hecha un lío, además su imagen, desnudo en el balcón, tampoco se le
borraba de la cabeza. Hacía una noche espléndida y Marina cenó junto a su
marido en la terraza. Tras la cena, ella dijo que iba a darse un baño, pero
Mariano prefirió irse a la cama, al día siguiente tendría un día ajetreado,
casi tan agotador como el que había tenido durante todo el día.
Ella hizo tiempo hasta que le vio subir las escaleras. Iba a intentar
hablar con su sobrino por las buenas, y para ello debía comportarse de manera
espontánea, como si nada pasase. Se cambió rápidamente y apareció en la terraza
en bikini, un bikini bastante erótico que sabía que llamaría la atención de su
sobrino, pero debía formar parte de su simulado carácter abierto. Era de color
blanco con estampados rosáceos, ribeteado en negro, con un Corpiño de copas
triangulares pequeñas, anudado al cuello, y una tanguita a juego con cintas
para anudar a los lados. Antes de salir se había retocado y se había mirado al
espejo.
Era consciente de que la tanguita era pequeña y sólo tapaban una parte de
su culito, dejando gran parte de las nalgas a la vista. Para acentuar su
sensualidad se colocó unos tacones. Se dio un chapuzón en la piscina y se secó
el cuerpo a toda prisa. Luego se revolvió el cabello remojado para dar la
sensación de que había estado dándose un largo baño. Aguardó con impaciencia.
En torno a la medianoche, oyó la puerta. Se levantó deprisa y se acercó a
la barra que había en la terraza para servirse un coñac. Emilio irrumpió en la
terraza fascinado de ver a su tía de aquella manera. La Tanguita apenas le
tapaba el culo y al darse la vuelta con una amplia sonrisa en la boca pudo
fijarse en cómo sus tetas se vaiveneaban tras el Corpiño, con la ranura que las
separaba bien visible.
–¿Qué tal, Emilio?
–Bien, ¿Y tú? Le preguntó sin quitarle la vista de encima.
–Me he bañado, hace un calor. Mariano se ha ido a la cama y yo me he tirado
a la piscina. ¿Quieres una copa?
–Claro. Marina se volvió de nuevo y él aprovechó para acercarse y atizarle
una sonora palmada en el culo.
–¡Ay! Protestó tontamente.
–Qué guapa estás, tía.
Volvió a asestarle otra palmada en el culo, esta vez su palma abarcó ambas
nalgas. Ella le entregó la copa y se alejó de él, como huyendo de los groseros
tocamientos. Emilio la observó con detenimiento, en cómo contoneaba aquel
inmenso culo por efecto de los tacones. Marina se tumbó boca arriba en una hamaca
de playa con el respaldo ligeramente elevado. Flexionó la pierna izquierda y
quedó en una posición bastante sensual. Emilio la miró desde la barra. Sus
tetas se movían levemente en cada movimiento. Se fijó en la tanga del bikini,
pero no se le transparentaba nada.
–¡Qué cansada!
Exclamó dándole un sorbo a la copa. Emilio caminó hacia la hamaca y se
sentó en la pequeña mesita que había al lado, a la altura de su vientre. Con
descaro, apoyó los codos en las rodillas y la examinó bajo una mirada ardiente.
Le pasó la yema del dedo índice muy suavemente por su vientre liso y delicado.
Ella se removió.
–Me haces cosquillas…
–Eres tan guapa…
Con la mano izquierda comenzó a alisarle el cabello con mucha suavidad y
con la derecha comenzó a acariciarle el vientre, esta vez deslizando todas sus
yemas alrededor del pequeño ombligo.
–Me encantas, tía…
Le achuchó las mejillas con la mano derecha y le pasó el pulgar por los
labios mientras seguía alisándole el cabello. Se miraban a los ojos. Ella se
dejaba manosear, seria, con mirada penetrante. Por un lado aquel tacto la
estaba calentando, la sangre le hervía, y por otro sentía miedo, temor a
contrariarle teniendo en su poder aquel video sexual. La mano derecha regresó
al vientre, esta vez con la palma abierta.
Le acarició todo el muslo de la pierna que mantenía flexionada. La había
puesto caliente, todo mezclado con el temor. La mano pasó por encima de la
tanguita hacia el ombligo y pasó por encima del pecho izquierdo hacia el
cuello. Tras la pasada, la blonda del Corpiño se corrió unos centímetros hacia
el costado y había dejado a la vista el pezón de la teta, un pezón oscuro y
erguido.
Ella parecía no haberse dado cuenta y seguía mirándole con la misma
seriedad, con el ceño fruncido, dejando al descubierto su lujuria. Con la
izquierda aún alisándole el cabello y la derecha en el cuello, su sobrino se
inclinó y sus labios le rozaron la frente y la nariz, hasta que le estampó un
beso en la barbilla. Volvió a erguirse para contemplarla, para no perder
detalle de lo que tocaban sus manos.
Ella cerró los ojos y resopló para contener el placer que le proporcionaba
el tacto de aquellas manos. Bajó la pierna que mantenía flexionada. La mano
derecha de su sobrino regresó hacia el vientre, pasó por encima del pecho
desnudo, corriendo la blonda unos centímetros más. La teta desnuda se movía
levemente con el pezón eréctil presidiendo aquella masa esponjosa. La palma
pasó de nuevo por el ombligo y se detuvo en la tanguita donde se recreó
acariciando la tela con las yemas. Emilio notó un jadeo profundo cuando vio que
ella abría los ojos. Se comportaba de manera dócil. Metió los dedos por el
lateral de la tanga y los pasó por encima de la concha. Notó el vello y el
clítoris. Ella se miró. Vio los nudillos de los dedos bajo la tela de La tanguita,
percibía el tacto en su clítoris y por la zona alta de la vagina. Volvió a
mirar a su sobrino con el ceño fruncido y el placer dibujado en la cara…
–¡Uhhhhhh! ¡Ohhhhh! ¡Ohhhhh! ¡Ohhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! Emilio
¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! Gimió, –¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! para, por favor,
deja de tocarme… ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh!
Emilio retiró los dedos del lateral, agarró fuertemente la Tanga por la
parte delantera y, rudamente, dio un tirón hacia arriba. La tanga se metió en
la raja de la vagina a modo de tanga. Ella se contrajo al notar la tela
apretujando su clítoris y despidió un gemido sacudiendo la cabeza, como una
invasión de placer instantáneo.
–¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! Diooos Siiii Asiii Siii ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh!
¡Ahhhhh!
Emilio empezó a tirar hacia arriba de la tanga con bruscos tirones,
insertando la tela profundamente entre los labios vaginales. La vagina quedó
dividida en dos. Mientras la masturbaba con sus propias Tanga, Marina cabeceaba
en el respaldo de la hamaca gimiendo y meneando la cadera
–¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! Siiii Asiii Queee Ricooo Se Sienteee Siii
¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh!
Tratando de soportar el desbordante placer. Con la mano izquierda le tapó
los ojos sin dejar de tirar cada vez con más fuerza. Ella procuraba ahogar sus
gemidos, aunque a veces le resultaba imposible. Meneaba la cadera al son de los
tirones. Emilio se fijaba en cómo la tela presionaba el clítoris y cómo sus
tetas se movían con las contracciones. La mano izquierda siguió hacia abajo. Pasó
por encima de su boca. Ella ahora gemía con los ojos cerrados
–¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! Siiii Emiliooo Asiii
Siii Asiiii ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh!
A su paso por los pechos arrastró la otra blonda y la dejó con ambas tetas
a las vista. Ahora la mano izquierda sujetó la tanga para seguir tirando,
quería desabrocharle la cinta lateral con la derecha. En cuanto desanudó la
cinta, tiró fuerte de la tanga con la izquierda y se la quitó de un tirón
dejándola desnuda con la concha a la vista de su sobrino. Hubo unos segundos de
descanso para su vagina. Emilio los dedicó para admirar aquella conchita,
aquellas tetas deliciosas y aquella postura tan lujuriosa. Su tía aguardaba.
Necesitaba un poco más. Ahora no podía parar. –Sube las piernas. Le ordenó.
Obediente, acató la orden. Elevó ambas piernas, juntas, dejándolas flexionadas
sobre su vientre. Tuvo que sujetárselas para no bajarlas. Desde la mesa, Emilio
se arrodillo en el extremo de la hamaca. Tenía ante sí la concha abierta y el ano.
Todo para él. Le dio unas palmaditas en la Concha con la mano derecha antes de
acercar su boca y empezar a lamerlo. Pasaba la lengua entera desde el ano hasta
la parte superior de los labios vaginales. La oía gemir
–¡Ahhhhhhh! ¡Ahhhhhhh! ¡Ahhhhhhh! Diooos Siiii Asiiii Mójame Toda La
Conchita Prepárame para lo que sigue ¡Ahhhhhhh! ¡Ahhhhhhh! ¡Ahhhhhhh!
Sobre todo cuando le mordisqueaba el clítoris con los labios. A veces
apartaba la cabeza, le lanzaba un escupitajo y esparcía la saliva con la punta.
Hastiado de lamerle la concha, le abrió los labios vaginales con la mano
izquierda y secamente le introdujo el dedo índice y corazón a la vez, a modo de
pistola. Empezó a masturbarla agitando la mano, hundiendo los dedos enteros.
Ahora ella gemía alocadamente sin poder contenerse. Notó flujos vaginales en su
mano y entonces la retiró de repente. Ella apagó el último gemido, como si
acabara de correrse. Emilio se puso de pie para desabrocharse los pantalones.
Se miraban a los ojos.
Ella se mantenía con las piernas en alto, exponiendo la Concha ensalivada a
su sobrino. Vio que dejaba caer los pantalones y que se bajaba la parte
delantera del slip. Vio su enorme pija erecta empinada hacia arriba. En un
principio temió que fuera a Cogerla, allí mismo, pero lo que hizo fue comenzar
a sacudírsela. Duró poco. Veinte segundos más tarde, apuntó con la pija a la
entrepierna de su tía y bombardeó de leche toda la concha con gruesas gotas
viscosas que se desperdigaron por toda la vagina. Numerosos goterones dejaron
toda la zona embadurnada. Algunas hileras le corrían hacia las nalgas y el culo
y otras quedaron atrapadas en el vello vaginal.
Tras escurrirse bien, se tapó la verga y se subió los pantalones. Fue
cuando Marina bajó las piernas y se irguió para mirarse. Enseguida se tapó las
tetas con las blondas y se levantó bruscamente para buscar la tanga. Desde la
barra, donde se había acercado Emilio para darle un sorbo a la copa y
encenderse un cigarrillo, pudo admirar su cola de nalgas tambaleantes, un culo
ancho y carnoso. Al inclinarse a recoger la tanguita del bikini, tuvo tiempo de
fijarse bien en el ano tierno y sabroso y en algunas gotas de semen resbalando
por la cara interna de los muslos. De espaldas a él, se puso la tanguita a toda
prisa sin ni siquiera limpiarse la leche.
–¿Estás bien?
Se interesó Emilio. Pero no le contestó, ni siquiera fue capaz de mirarle a
la cara. Cogió una toalla para taparse de cintura para abajo y salió
aligeradamente hacia el salón. Emilio la vio entrar en el cuarto de baño. Apuró
la copa y decidió irse a la cama. Había disfrutado como un cabrón masturbando a
su tía, situación que jamás se hubiera imaginado.
Marina se dio una ducha para borrar el rastro de la lujuria y se metió en
la cama abrazada a su marido, quien dormía como un angelito. Fue incapaz de
conciliar el sueño. Una mezcla de remordimiento y lascivia la confundían. Se
arrepentía de lo que había permitido, su marido no se merecía un engaño como
aquél, jamás lo había engañado, pero había caído en las garras de su sobrino,
quizás por la amenaza latente que suponía el video, aunque también porque su
sobrino había conseguido entonarla sexualmente con sus manoseos.
Recordó cada instante, recordó la postura con las piernas en alto mientras
le comía la concha, recordó el cosquilleo de la lengua, recordó la lluvia de
leche y el pene. Había sido una experiencia fatal, pero tremendamente morbosa y
sensual. Para sofocar su ardiente sensación, tuvo que masturbarse allí mismo,
pegada a la espalda de su marido. Mariano se despertó temprano.
Ella lo besó en la boca y dijeron que se querían. Él le prometió que
resolvería unos asuntos en el despacho y que regresaría para la hora de comer,
que descansaría esa tarde porque al día siguiente pasaría el día de viaje. Ella
permaneció acostada mientras él se duchó y se arregló. Lo oyó salir después de
las ocho. De nuevo a solas con su sobrino en la casa. De nuevo la sensación de
ninfomanía le abordó la mente superando el poder del remordimiento. Empujada
por la lujuria, se acercó al armario.
Había dormido con un Pijama de raso, pero se desnudó para ponerse el mismo
camisón blanco de gasa con el que su sobrino la descubrió la primera mañana. Se
miró al espejo. Todo se le transparentaba a través de la tela, desde su ombligo
hasta sus pezones. Llevaba un tanga blanca de finas tiras laterales y con la
delantera de muselina, lo que dejaba entrever la mancha de vello que cubría su
vagina. Aguardó con impaciencia ante el espejo. Se cepilló el cabello, se
perfumó y se maquilló.
Se acicalaba para él. Un rato más tarde lo oyó en el pasillo. A conciencia,
ella había dejado la puerta entreabierta y la luz encendida. Tosió para llamar
su atención y de pie frente al espejo simuló que se cepillaba. Unos segundos
más tarde se abrió la puerta del dormitorio. Iba en slip, un slip negro donde
se percibía el bulto de sus genitales. Se fijó en su tórax peludo y grasiento y
enseguida notó los flujos en su vagina. Se volvió hacia él con el cepillo en la
mano. Emilio, serio, la examinó.
Vio como las tetas se mecían tras la gasa y centró la vista en la tanga y
en la mancha triangular que se transparentaba. Estaba demasiado insinuante. –Buenos
días, Emilio. Lo saludó con amabilidad, como si nada hubiese pasado la noche
anterior. Sin decir nada, Emilio caminó hacia ella. Se comportaba con demasiada
docilidad. Su tía se volvió de nuevo hacia el espejo para continuar
cepillándose. Marina lo vio detrás, lo vio fijarse en su cola con la tira de la
tanga metida por la raja.
Le acarició los brazos deslizando las yemas de los dedos. Dejó de cepillarse.
Le olió el cabello y le estampó un beso en la nuca. Ella, mirándose a sí misma,
respiró hondo y resopló ante lo que se avecinaba –¡Uhhhhhhh! Siiiii. Permanecía
inmóvil frente al espejo mientras le acariciaba los brazos y la besuqueaba por
el cuello. Se pegó a ella, notó el bulto a la altura de sus nalgas, y
la abrazó manoseándole los pechos por encima de la gasa, achuchándolos con
suavidad, sin dejar de besarla por el cuello.
Le tiró de ambos pezones y le zarandeó ambas tetas. Ella emitió un débil quejido.
–Eres tan bonita… le susurró al oído a modo de jadeo. Él procuraba apretar los
genitales contra sus nalgas. Con la mano izquierda prosiguió sobándole las
tetas, pero la derecha la fue deslizando lentamente por la tela del camisón
hacia la base de volantes. La metió por debajo, subió por el muslo y llegó a la
delantera de la tanga. Ella contemplaba por el espejo el recorrido de la mano
derecha y las rudas caricias de la izquierda sobre sus pechos.
De manera inesperada y como sucedió por la noche, agarró la parte delantera
con fuerza y dio un fuerte tirón hacia arriba insertándole la tela entre los
labios vaginales. Ella se contrajo al notar la presión sobre el clítoris y
despidió un nuevo quejido. Comenzó a dar tirones muy seguidos y con bastante fuerza.
Sonaron las costuras de la tanga ante la presión sobre la Concha. Ella comenzó
a gemir y a menear la cadera viendo su concha dividida por el trozo de tela
hundida entre los labios.
La sensación resultaba abrumadora. Su sobrino la estaba masturbando con su
propia Tanga. Ambos se miraban a los ojos a través del espejo. La soltó de
repente, dejándole la tanga insertada en la concha. La obligó a girarse hacia
él. Inesperadamente, se abalanzó sobre sus tetas para mordisquearlas por encima
de la tela. Le tiró del pelo hacia atrás y la miró con rabia.
–Vamos a la cama.
Le ordenó y la soltó y ella caminó sola hasta el borde sin sacarse la tanga
de la concha, con la parte delantera del camisón baboseada. Vio una foto de
boda en la mesilla y sintió pena por su marido, pero el placer superaba con
creces su dignidad.
–Súbete.
Marina se subió encima de la cama y se colocó a cuatro patas con las
rodillas cerca del borde y el culo en pompa hacia él. Miró hacia atrás. Su
sobrino la observaba, observaba la base del camisón tapándole medio culo y
observaba sus tetazas colgando hacia abajo. La verga se había hinchado
considerablemente y al bajarse el slip y quedarse desnudo comprobó lo empinada
que la llevaba. Emilio deslizó la gasa del camisón hacia la espalda y la dejó
con el culo al aire, sólo la tira de la tanga tapaba el canal entre las nalgas.
Le atizó una fuerte palmada en la nalga derecha y ella contrajo el culo con un
gimoteo.
Siguió azotándola con severidad, una vez en cada nalga, hasta que logró
enrojecerlas. Ella no alteró la postura, sólo le miraba y contraía el culo ante
los azotes. Con extrema suavidad, se colocó de pie tras ella y fue tirando de
la tanga hacia abajo. Ella alzó las rodillas para que pudiera retirarla. La
observó unos segundos, se regodeó con aquella postura, con el ano tierno y la
grandiosa almeja velluda entre las piernas. Inmediatamente después, le abrió el
culo con fuerza y le lanzó un escupitajo en la zona del ano. La saliva se
deslizó con lentitud hacia la concha. Volvió a escupirle. Esta vez las babas
cayeron en su concha y gotearon hacia el colchón.
Con el culo abierto por las manos de su sobrino, vio que se arrodillaba y
que se ponía a lamerle entre las nalgas de una forma insaciable, deslizando la
lengua desde la concha hasta el ano, esparciendo gran cantidad de saliva, de
hecho algunos hilos de babas le resbalaban por la barbilla o goteaban del vello
de la vagina. Ella sentía el cosquilleo de la lengua y el roce de la nariz por
la raja. Le chupaba la concha salvajemente, recreándose en el clítoris, que
mordisqueaba con los labios, o en el ano, donde procuraba insertarle la punta
de la lengua.
Ella miró al frente concentrándose para acaparar todo el placer. Su sobrino
le chupaba el culo en presencia de los recuerdos. Estuvo lamiéndole más de dos
minutos. Cuando apartó la cabeza numerosas gotas de saliva se balanceaban desde
los labios vaginales. Tenía todo el culo mojado. Emilio se puso de pie y le
perforó la concha con el dedo índice de la mano derecha. Mientras, se sacudía
la verga con la izquierda. La Cogía con el dedo, ella meneaba el culo cada vez
que lo adentraba y gemía sacudiendo la cabeza, como si el placer le nublara la
mente. Electrizado, Emilio retiró el dedo de la concha para sacudirse la pija
más deprisa con la derecha.
Ella volvió la cabeza para mirar cómo se masturbaba. Mantenía la mirada
centrada en su cola, en su concha anegado de saliva y su ano palpitante. Su
sobrino jadeó nerviosamente apuntando hacia ella. Segundos más tarde, un
chorreón de leche muy líquida se estrelló contra la nalga derecha. Un segundo
alcanzó la nalga izquierda y luego numerosas gotitas muy dispersas salpicaron
toda su concha. Enseguida, los pegotes de semen de las nalgas resbalaron hacia
los muslos, varias hileras que le embadurnaron ambas piernas. Emilio, agotado,
se soltó la pija y se sentó en el borde de la cama para echarse hacia atrás y
tumbarse boca arriba.
Su tía se incorporó arrodillada. El camisón cayó tapándola de cintura para
abajo, pero la gasa se adhirió al culo por el semen. Bajó de la cama y se quitó
el camisón quedándose completamente desnuda. Emilio aprovechó para colocarse
mejor, apoyó la cabeza en la almohada y extendió los brazos, fijándose ahora en
las enormes tetas que se balanceaban y en el culo impregnado de semen por todas
partes. Ella se pasó el camisón por las nalgas y la entrepierna para secarse y
se dirigió hacia la cómoda en busca de un cigarrillo.
Qué pedazo de culo, pensó Emilio observándola de espaldas mientras encendía
el pitillo. Actuaba como una amante, ya sin ningún tipo de pudor. Se dio la
vuelta con el pitillo entre los dedos y se apoyó en la cómoda. Emilio admiró su
conchita, aún con algunas gotas blancas por el vello, y sus tetas de gruesos
pezones. Vio que daba un par de caladas para relajarse. –Estamos locos, Emilio,
esto no puede ser y tú lo sabes.
–No pasa nada, tía, sólo nos estamos divirtiendo un poco. Tú haces de puta
y yo de cliente, como si fuera un teatro.
–Por favor, Emilio, esto es una locura, eres mi sobrino, si mi marido o tu
madre se entera, bueno, mejor no pensarlo.
–Nos divertimos, nadie tiene que enterarse.
Vio que su tía apagaba el cigarrillo. Ven, dame un beso. Emilio se
incorporó para apoyar la espalda en el cabecero de la cama. Ella se acercó a
paso lento. Se fijó en la pija flácida echada a un lado. Entró en la cama
caminando hacia él a cuatro patas. Para besarle, sus dos tetas rozaron los
pectorales peludos de su sobrino. Se dieron un beso apasionado y un abrazo y
después ella se sentó sobre sus talones.
–Tengo miedo, Emilio.
Le confesó ella pasando las yemas de sus dedos por sus muslos robustos.
–No te preocupes, diablos, ya te lo he dicho.
Emilio se bajó de la cama y caminó hacia la cómoda. Ella lo siguió con la
mirada, fijándose en su cola Redonda y en cómo los testículos le botaban en
cada zancada. Vio que se detenía frente al espejo y cogía el paquete para
encenderse un cigarrillo. Ella se acercó a él por detrás y le abrazó deslizando
sus palmas por aquellos pectorales duros y peludos. Notaba el aliento de su tía
en la nuca y sus tetas aplastadas contra la espalda. También notaba el roce del
vello vaginal sobre sus nalgas.
–Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh Ohhhh Joder, Emilio, qué
has hecho conmigo, me vuelves loca Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh, Ahhhhh…
Ella estaba muy Excitada, sólo había que ver su entrega, su docilidad. Las
manos delicadas que acariciaban sus pectorales fueron deslizándose por la
barriga en dirección a los genitales. Deseaba más. Con la mano izquierda
comenzó a sobarle los huevos estrujándolos con suavidad y con la derecha le
sujetó la verga para sacudirla mansamente. Mientras le masturbaba, le besaba por
los hombros y la nuca. Emilio trató de relajarse y le dio una calada al
cigarrillo. Miró hacia el espejo, vio cómo las manos actuaban sobre sus huevos
y su verga. Allí estaba su tía la adinerada, con la que tantas veces había
soñado, haciéndole una paja.
Encendida por el placer, quería comportarse bien, quería satisfacerle, la
amenaza del video ahora no le importaba. Marina fue arrodillándose poco a poco
sin parar de besarle por toda la espalda. Quedó arrodillada frente a su cola de
nalgas abombadas y peludas. Comenzó a besarle con suaves besos ambas nalgas. Él
se inclinó sobre la cómoda y entonces su tía se lanzó a chuparle el culo.
Hundió la cara en aquella raja peluda y sacó la lengua para lamerle el
maloliente ano. Los huevos se mecían ante su barbilla porque él había comenzado
a sacudírsela. Le lamía con la punta de la lengua mientras procuraba abrirle la
raja con ambas manos. Continuó lamiendo más abajo hasta meterse bajo sus
piernas para chuparle los huevos.
Emilio se sacudía la verga y ella chupeteaba como una descosida mediante
fuerte lametones. Apartó la cabeza para salir de entre las piernas. Las babas
colgaban balanceantes de los huevos y goteaban en el suelo. De nuevo sus labios
se deslizaron por ambas nalgas y fueron subiendo hacia la cintura. Fue
poniéndose de pie. Volvió a abrazarle aplastando las tetas contra la espalda.
Él se soltó la verga hinchada y entonces ella la agarró con las dos manos para
agitarla aceleradamente. Su sobrino comenzó a jadear. Ella sacudía con fuerza,
esta vez con la mano izquierda sobando los huevos húmedos de su propia saliva.
La verga comenzó a salpicar leche sobre la superficie de la cómoda, aunque
en menor cantidad que la primera corrida. Algunas gotas salpicaron el retrato
de bodas donde ella aparecía junto a su marido. Tras escurrirla, Marina se
apartó y él se volvió. Respiraba con dificultad fruto del placer. Le estampó un
beso en la frente y le acarició la barbilla como una niña buena.
–Voy a darme una ducha.
Y abandonó el dormitorio. La dejó desnuda frente al espejo. Marina se fijó
en el camisón y la tanga, tirados por el suelo, y en las gotitas dispersas por
la superficie de la cómoda. Cayó sentada encima de la cama y se llevó las manos
a la cabeza con nerviosismo. Qué había hecho. Estaba cometiendo una locura, un
error que de salir a la luz terminaría con su vida adinerada de ricachona.
Pensó en su marido, pensó en su hermana y en sus amigos, la morbosidad le había
vencido. Mariano volvió para la hora de comer. Su sobrino se había marchado,
dijo que comería con su amigo Santi, quien pensaba ayudarle con los estudios de
las oposiciones.
Pasó la mañana abstraída, recordando cada instante, tenía claro que la
morbosa lujuria arrinconaba cualquier atisbo de remordimiento. Durante la
comida, su marido se preocupó por su seriedad, pero ella le contestó que le
dolía la cabeza. Le habló del viaje que debía hacer al día siguiente para
asistir a unas jornadas y del premio que pensaban darle como mérito a su
exitosa carrera judicial. Tras la comida, su marido se echó a la siesta y ella
telefoneó a su amiga Rosa. Le contó lo que había sucedido esa mañana, cada
detalle, necesitaba la complicidad de alguien.
–Tranquila, mujer, te has desahogado un poco. ¿Qué te crees? ¿Que ellos no
se van de putas cuando están por ahí de viaje? No seas tonta, también tenemos
derecho.
–Pero es mi sobrino, Rosa, imagina qué escándalo.
–No tiene porque enterarse nadie. Tú no lo vas a contar y tu sobrino, por
la cuenta que le tiene, tampoco.
–Pero Mariano, Rosa, es muy buena persona y lo estoy engañando…
–Tu marido es un memo igual que el mío. No quiero que te preocupes, ¿De acuerdo?
–Mañana Mariano se va de viaje. ¿Te vienes a tomar el sol y comemos juntas?
Necesito a alguien para hablar.
–Vale, quedamos y me cuentas. Un beso, Marina.
Pasó la tarde aburrida, tumbada en el sofá mientras su marido preparaba el
discurso en el despacho. Ninguna señal de su sobrino. Estuvo tentada a
telefonearle, pero se abstuvo, debía contenerse, debía terminar con aquella
locura. Se había vuelto una ninfómana.
Tuvo que masturbarse para aplacar el placer que le hervía en la sangre. Por
la noche cenaron en la terraza y se fueron pronto a la cama. A Mariano le
entraron ganas y le hizo el amor, se le subió encima y le metió su ridícula
cola en la vagina. Ella se corrió, pero lo hizo pensando en su sobrino. Tras la
fatiga se quedó dormido. Desnuda, le abrazó e intentó conciliar el sueño. Pero
en medio de aquella penumbra y con los ronquidos de su marido, mantuvo los ojos
abiertos. Ya de madrugada oyó la puerta de la calle, señal de que su amante
había llegado. Le oyó subir las escaleras. Se mantuvo alerta.
Le oyó dar tumbos por el pasillo y al momento se escuchó un golpe, como si
se hubiera caído algo al suelo. Su marido se removió y ella elevó el tórax. Se
bajó de la cama desnuda y fue hacia la percha. Su marido se había despertado,
aunque ella no se había dado cuenta. La vio que se echaba un quimono de satén
por encima y salía de la habitación sin abrochárselo.
Marina salió al pasillo y vio a su sobrino junto a la habitación. Estaba
borracho, sólo había que verle los ojos y la forma de tambalearse. Empujó la
puerta del dormitorio para cerrarla y caminó hacia él. La vio venir con el
quimono abierto. Ambas tetas, a la vista, botaban en cada zancada. Y se fijó en
su conchita, la misma que había lamido esa misma mañana.
–¿Qué diablos te pasa, Emilio? Le regañó con la voz baja
–Estás borracho, vas a despertar a Mariano.
Le dijo fuera de sí, Emilio la sujetó del brazo y la puso contra la pared.
Ella, asustada, levantó los brazos.
–No, Emilio, Por Favor, Ahora No…
Suplicó sin alzar la voz, pero la despojó del quimono a tirones y la dejó
completamente desnuda contra la pared.
–¡Cállate, zorra, eres mi jodida puta!
–Emilio… No…
A toda prisa, Emilio se desabrochó los pantalones y se los bajó junto con
el slip hasta las rodillas. Se agarró la pija con la mano derecha y la condujo
bajo las nalgas de su tía. Ella notó cómo lentamente deslizaba la verga hacia
el interior de su concha. Una vez metida, pegó la pelvis a las nalgas del culo
y le sujetó la cabeza con ambas manos. Ella resopló nerviosa. Enseguida Emilio
comenzó a contraer el culo aligeradamente y a menear la cadera para Cogerla.
Los gemidos ahogados de ambos se sucedían en la penumbra del pasillo.
Mariano, extrañado, oyó susurros. Con sigilo, bajó de la cama y caminó hacia la
puerta. La empujó hacia él unos centímetros para poder asomarse y allí, en
medio de la oscuridad, vio a su sobrino Emilio Cogiéndose a su mujer.
Ella permanecía contra la pared, con las tetas aplastadas, parte de ellas
sobresalía por los costados, con la cabeza presionada por las manos de Emilio
mientras éste, con la cadera pegada al culo de su mujer, se removía
nerviosamente para penetrarla. Su esposa resoplaba con los ojos cerrados y
Emilio apretaba los dientes para metérsela con rabia. Boquiabierto, Mariano
notó que el corazón se le aceleraba de manera preocupante. Sus músculos se
habían inmovilizado por los celos. Marina abrió los ojos.
Mantenía la mejilla pegada a la pared. Vio a su marido asomado tras la
puerta. Arqueó las cejas. Sus miradas se cruzaron. Su sobrino seguía cogiéndola
con energía, hasta que le sacudió un golpe seco y se mantuvo unos segundos
eyaculando en el interior de la concha, despidiendo el aliento sobre la nuca de
su tía.
Ella se mantuvo inmóvil aún con su sobrino pegado a ella, aún con la verga
en su interior. Vio que su marido se retiraba hacia el interior de la
habitación y cerraba la puerta. Emilio se separó de ella y se tambaleó hacia
los lados con la verga aún empinada. Nerviosa, recogió el quimono y se lo echó
por encima abrochándoselo muy deprisa. Su marido les había descubierto.
Necesitaba pensar con urgencia. Abrió la puerta del cuarto de su sobrino y le
empujó hacia dentro.
–Estás loco, Emilio…
Y regresó a su dormitorio. Encendió la luz y cerró la puerta. Encontró a su
marido sentado en la cama, hundido psicológicamente, con lágrimas deslizándose
desde sus ojos. Angustiada, fue a la cómoda y se encendió un cigarrillo. Las
manos le temblaban. Se volvió hacia él y su esposo levantó la cabeza.
–Yo te quería, Marina, ¿Qué me has hecho? –¿Sabes que te he hecho? Salvar
tu cuello.
–¿Qué?
–Me ha estado chantajeando. El otro día nos grabó con el móvil, cuando
estuve chupándote tu jodido culo. Y me amenazó, ¿Entiendes? Amenazó con
divulgarlo a todo el mundo si no… Bueno. Ya sabes lo que he tenido que hacer.
Mariano se levantó irritado y se dispuso a ir en su busca.
–Maldito hijo de puta…
–¡Cálmate!
Marina se interpuso en su camino. –Yo lo resolveré, ¿De acuerdo? No voy a
permitir que ese video sea visto por, no quiero ni imaginarlo.
–No vas a hacer nada.
–Cariño, entiéndelo, no puedo permitir que pases por esto. Te ha violado.
Le encerraré por…
–No quiero escándalos, Mariano, y te lo digo en serio. Yo soy la que está
sufriendo este infierno y yo lo resolveré.
–Marina…
–No pensé que, bueno… Está borracho, mañana hablaré seriamente con él, ¿De acuerdo?
No te preocupes, pero no podemos permitir que este escándalo salga a la luz. Lo
superaremos juntos, ¿Dale?
Mariano se levantó para abrazar fuerte a su mujer. Había conseguido convencerle, pero la morbosidad ahora resultaba demasiado peligrosa. Se tumbaron abrazados, pero ninguno fue capaz de pegar ojo. Sus vidas habían cambiado con la visita del sobrino.
Ambos sabían que aunque se arreglaran las cosas,
nada volvería a ser igual. Finalmente pudieron dormirse pero Mariano al poco
rato se tuvo que despertar para ir a trabajar Marina siguió Durmiendo hasta
pasado el mediodía se levanto y se ducho y se puso un diminuto conjuntito de
ropa interior con una tanguita bien chiquita y un vestidito veraniego suelto y
cortito de color amarillo con detalles de flores rojas salió del baño yendo
hacia la cocina cuando se topo con su sobrino Emilio y al verlo un fuerte calor
le recorrió todo el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies y lo vio
que estaba preparado como para irse seguramente de joda con sus amigos y ella
con voz firme le dice:
–¿A dónde vas Emilio?
–¿Porque me lo preguntas así Tía?
–¿Así Como?
–¿Con Tono de enojada? –Porque lo estoy Emilio.
–Me voy con unos amigos me invitaron a una fiesta.
–No vos no va a ninguna parte tenemos que hablar seriamente vos y yo. Dijo
Marina
–¿De qué? Pregunto Emilio
–De lo de Anoche Emilio. Respondió ella levantando el tono de su voz
–Eh Ah sí tía pero no es para tanto.
–Que No es para tanto idiota Mariano nos vio mientras vos me cogías y yo
aguantaba para no gozar.
–¿Que el Tío nos Vio? ¿Y Que le Dijiste?
–Acá no Emilio Vamos a mi cuarto no quiero que esta charla nuestra sea
escuchada por Mariano o Algún Vecino.
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